Flora Cantábrica

Matias Mayor

Una ciencia para el siglo XXI

29 enero, 2010 Autor: admin

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Introducción

Hay un sentimiento creciente en numerosos sectores de que la ciencia no está respondiendo adecuadamente a los desafíos de nuestro tiempo, especialmente a aquellos que nos plantea la búsqueda de un desarrollo sostenible. No incluimos en nuestro planteamiento los ataques a la ciencia provenientes de sectores anticientíficos, sino únicamente las críticas y las quejas expresadas por quienes apoyan el papel de la ciencia como instrumento de comprensión del mundo y de solución de problemas prácticos.

 

 

El reconocimiento de que se requiere un nuevo “Contrato social para la ciencia” con el fin de abordar una nueva situación mundial, que tratar los asuntos como se viene entendiendo en la ciencia ya no bastará, y que el mundo de finales del siglo XX es un mundo fundamentalmente diferente de aquel en que se ha desarrollado la empresa científica actual, proviene del establecimiento científico predominante (Lubchenko, 1997). El desafío de centrarse en los vínculos entre los sistemas sociales, políticos, económicos, biológicos, físicos, químicos y geológicos es considerado un imperativo de nuestro tiempo. Se buscan explicaciones dinámicas de cruces sistémicos ahí donde antes predominaban modelos estáticos y reduccionistas (como ha puesto de relieve la Junta Directiva de AAAS, Jasanoff et al, 1997).

 

La insatisfacción con los estilos actuales de investigación se está manifestando en numerosos sectores. Por ejemplo, el Grupo Consultivo sobre Investigación Agrícola Internacional (GCIAI)

ha declarado que “actualmente, no existe un modelo de  nvestigación aceptado que abarque las dimensiones físicas, biológicas y humanas de la sostenibilidad [de la agricultura] a largo plazo. El desarrollo de un modelo de este tipo es un objetivo de importancia erdaderamente internacional” (GCIAI, 1993, p. 8).

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La Conferencia Mundial sobre la Ciencia, bajo el epígrafe “Una ciencia para el siglo XXI” se celebró en Budapest a mediados de 1999, con más de 1800 delegados de 155 países. Dos documentos fundamentales expresan los resultados de la Conferencia: la Declaración sobre la ciencia y el uso del conocimiento científico y el Programa marco de acción para la ciencia (CIUC, 1999)1.

 

Estos documentos abundan en la necesidad de establecer una nueva relación entre ciencia y sociedad, y se pronuncian a favor de un refuerzo de la educación y la cooperación científicas, de la necesidad de relacionar el conocimiento científico moderno con los conocimientos tradicionales, de la necesidad de la investigación interdisciplinaria, de apoyar a la ciencia en los países en desarrollo, y de la importancia de abordar la ética en la práctica de la ciencia y en el uso de los conocimientos científicos, además de otros temas importantes.

 

 

La Conferencia se pronunció a favor de un reforzamiento y de una democratización de la ciencia, y puso de relieve la necesidad de un nuevo papel para la ciencia en la sociedad, si bien guardó un notorio silencio (salvo una mención de la necesidad de integración y, sobre todo, de la investigación interdisciplinaria entre las ciencias naturales y sociales) sobre la posibilidad de que la propia ciencia también tenga necesidad de un cambio.

Al leer los documentos de la Conferencia, es difícil escapar a la sensación de que su principal mensaje es que los problemas de la ciencia residen fundamentalmente en la manera en que la ciencia es utilizada, mal utilizada y, sobre todo, subutilizada, pero que el modelo de la ciencia y su práctica están bien tal como están, para el nuevo siglo como para el anterior, y para el desarrollo sostenible, el entendimiento fundamental y la solución de problemas prácticos.

 

 Creemos que es oportuno y fructífero pensar que la corriente predominante de la ciencia (su método y su práctica) es un instrumento guía para el logro del desarrollo sostenible. No sostenemos que toda la ciencia necesite un cambio, pero sí pensamos que es necesario analizar hasta qué punto (y en qué situaciones) los problemas con la ciencia son producto de la no aplicación (o mala aplicación) de las reglas de investigación existentes, y hasta qué punto (y en qué situaciones) las propias reglas científicas tienen que ser modificadas, o incluso reemplazadas. Todo esto sin ir más allá de la esencia del pensamiento científico adoptado por la Declaración de la Ciencia de la Conferencia Mundial (CIUC 1999), como “la capacidad de analizar los problemas desde diferentes perspectivas y buscar explicaciones de los fenómenos naturales y sociales, sometidos siempre a análisis críticos”. Nosotros planteamos que esta necesidad es de carácter epistemológico, basada en los propios desarrollos científicos recientes,bastante distantes de las ideas (también relevantes) basadas en valores sociales

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Una ciencia en evolución

La ciencia ha evolucionado constantemente a lo largo de su historia. Hasta la Segunda Guerra mundial, la forma predominante (especialmente en la conciencia de la ciencia) eran la investigación “académica”, impulsada por la curiosidad. Después, la forma predominante se volvió “industrializada” (Ravetz 1996), también descrita como “incorporada” (Rose y Rose 1976). En éstas, la investigación está “orientada por una misión” y los investigadores dejan de ser artesanos independientes y se convierten en empleados.

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Aquellos cambios en la ciencia no han sido independientes de los procesos históricos en el campo económico, tecnológico, social, cultural y medioambiental. Los cambios reflejan e influyen en la práctica social y en la imagen pública de la ciencia y el problema de la “garantía de calidad” de la perspectiva y de la investigación científica. Como respuesta a la necesidad de criterios socialmente relevantes que garanticen la calidad ha surgido la propuesta de una “ciencia posnormal” (Funtowicz y Ravetz 1992, 1993,1999).

Sin embargo, en algunos casos los cambios también afectan a las reglas científicas y a los criterios de verdad fundamentales. Un ejemplo es la tensión y el predominio cambiante de las corrientes analítica e integradora en la ciencia ecológica (Holling 1998). Las diferencias entre ambas abarcan supuestos básicos sobre la causalidad, los criterios de verdad y la aceptabilidad epistemológica, así como los criterios de evaluación, entre otros (ver Cuadro 1).

 

La corriente analítica se centra en la investigación de las partes, y surge de las tradiciones de la ciencia experimental, que se centra en un objeto lo suficientemente estrecho con el fin de plantear hipótesis, recopilar datos y diseñar nuevas críticas para rechazar hipótesis inválidas.
 
 
 

 

Debido a su base experimental, normalmente, la escala escogida tiene que ser pequeña en el espacio y breve en el tiempo.

 La premisa de la corriente integradora es que el conocimiento del sistema siempre es incompleto. La sorpresa es inevitable. Rara vez habrá unanimidad entre los pares, sólo una línea cada vez más creíble de argumentos probados. No solo es incompleta la ciencia, el propio sistema es un blanco en movimiento, que evoluciona debido a los impactos de la gestión y de la progresiva expansión de la escala de influencias del ser humano sobre el planeta.

Aquellos aspectos cambiantes (procedimientos fundamentales, práctica social, imagen pública, garantía de calidad) son sumamente importantes para la investigación relacionada con las políticas, regidas por cuestiones políticas como la concentración de contaminantes permitida, los riesgos para la salud y, desde luego, la producción y el uso de la ciencia para un desarrollo sostenible, resumido como “ciencia de sostenibilidad”.

 

 

 

La búsqueda del desarrollo sostenible plantea nuevos y profundos desafíos a las maneras en que definimos los problemas, identificamos las soluciones y llevamos a cabo las acciones.

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La nueva situación

 

 Por un lado, el mundo experimenta actualmente un periodo de extraordinarias turbulencias que reflejan el nacimiento y la intensificación de profundos cambios económicos, sociales, políticos y culturales relacionados con la actual revolución técnico económica. Además, la velocidad y la magnitud del cambio global, la interconexión creciente de los sistemas sociales y naturales a nivel planetario, y la creciente complejidad de las sociedades y de su impacto en la biosfera, da como resultado un alto nivel de incertidumbre y de impredictibilidad, que plantean nuevas amenazas (y también nuevas oportunidades) para la humanidad.

 

Por otro lado, las tendencias actuales son insostenibles (tanto ecológica como socialmente). Se ha reconocido oficialmente la necesidad de un cambio de dirección en la Cumbre de la Tierra, celebrada en junio de 1992. Sin embargo, aún no se ha definido claramente la nueva dirección y la mayoría de los debates y recomendaciones siguen estando muy compartimentalizados.

 

La complejidad de las situaciones y problemas ha aumentado rápidamente en los últimos decenios (Gallopín 1999, Munn et al. 1999). Esto se debe a diversas razones, como las siguientes.

 

Cambios ontológicos: los cambios provocados por el hombre en la naturaleza del mundo real, que avanzan a ritmos y escalas sin precedentes y cuyo resultado también es la creciente interconexión e interdependencia en numerosos niveles. Las moléculas de dióxido de carbono emitidas por la quema de combustibles fósiles (sobre todo en el norte) se unen con las moléculas de dióxido de carbono producidas por la deforestación (sobre todo en el sur) y provocan un cambio global del clima. Una crisis económica en Asia repercute en el sistema económico global y afecta a países muy distantes.

 

Cambios epistemológicos: cambios en nuestra comprensión del mundo relacionados con la conciencia científica moderna de la conducta de los sistemas complejos, entre ellos el reconocimiento de que lo no predecible y la sorpresa quizá se encuentren en los tejidos mismos de la realidad, no sólo en el nivel microscópico (es decir, el principio de incertidumbre ya conocido de Heisenberg) sino también en el nivel macroscópico, como se describirá más tarde.

 

Cambios en la toma de decisiones: en muchas partes del mundo, se abre camino un estilo más participativo en la toma de decisiones que reemplaza a los estilos tecnocráticos y autoritarios.

  

Esto, junto con la aceptación cada vez más amplia de otros criterios, como el medio ambiente, los derechos humanos, el género y otros, así como el surgimiento de nuevos actores sociales, como las organizaciones no gubernamentales y las empresas transnacionales, conduce a un aumento del número de dimensiones utilizadas para definir los temas, problemas y soluciones y, por ende, a una mayor complejidad.

 

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Los sistemas y la complejidad

Es cada vez más claro que la búsqueda de un desarrollo sostenible requiere integrar factores económicos, sociales, culturales, políticos y ecológicos. Requiere la articulación constructiva de los enfoques de desarrollo de arriba abajo con las iniciativas de abajo arriba o de base. Requiere tener en cuenta simultáneamente las dimensiones locales y globales, y la forma en que interactúan. Y requiere ampliar los horizontes de espacio y tiempo para acoger la necesidad de la equidad intrageneracional e intergeneracional. En otras palabras, lo que se necesita no es ni más ni menos que un cambio fundamental en la manera en que enfocamos el desarrollo de las relaciones entre sociedad y naturaleza.

 

Para la ciencia, esto implica que es necesario integrar a un nivel mucho más amplio (y profundo) que sólo fomentar un estilo de investigación interdisciplinaria. Se requiere un enfoque verdaderamente sistémico complejo tanto de la práctica como del método de la ciencia.

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Conclusiones

Sostenemos que la búsqueda de un desarrollo sostenible y el desarrollo histórico de nuestra época requiere modificaciones y perfeccionamientos no sólo en la divulgación y uso de los descubrimientos científicos sino también en la manera en que la propia ciencia se desenvuelve Al abordar un tema o problema, distinguir claramente entre la base de conocimientos (incluyendo las incertidumbres científicas) y las decisiones políticas (que incorporarán valores sociales).

 

Asegurar que la conceptualización científica del problema incluya, desde el comienzo mismo del proceso científico, la identificación de los indicadores relevantes de las políticas.

 

Comprometer a los responsables de las políticas y participantes en la definición inicial del problema.

 

Considerar el posible repertorio de comportamientos del conjunto del sistema, lo más ampliamente posible (no sólo el comportamiento histórico). Sobre esta base, prepararse para la novedad, el cambio estructural y la sorpresa.

 

Valorar la información generada por las respuestas de sistemas a las políticas y las acciones humanas.

 

El nuestro, desde luego, no es una llamado a relajar el rigor  científico. Al contrario, creemos que una “ciencia de sostenibilidad”, además de tener una gran importancia práctica y social, debería ser más rigurosa obteniendo mejor información acerca de la naturaleza interconectada y compleja de la realidad, una realidad que la propia ciencia nos está revelando.

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